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«..No están mudos nunca han partido nuestros muertos, se les oye en la leña que arde en el sollozo del humo..»Alejandro Filio

Para hacer este comentario debemos partir de una afirmación categórica. Soy hincha del fútbol. Tengo en mi corazón un escudo y un color claro y definido y aún hoy, pese a los años y las vicisitudes de la vida, la congoja me invade cada vez que la enseña que me representa, tiene tropiezos en su confrontación con algún rival. Siempre quiero que ganen pero logré entender que los equipos de fútbol no son máquinas a las que uno programa para la victorias, que tendrán al frente adversarios que pueden complicarles la vida. Ahí está la esencia de este deporte que lo hace el preferido de millones por el mundo. Pese a todos los avances, tácticas y estrategias, siempre estará la incertidumbre del resultado, seremos testigos de la victoria de David contra Goliat, la garra, el temple y el corazón puesto en cada jugada. Al menos eso era lo común cuando era un niño y se mantuvo cuando adolescente y adulto. Pero, como tantas cosas en la vida, de repente todo fue distinto.
Ya costaba más encontrar el emblema, la figura del club. Aparecieron millones, más de alguno después de un par de goles fue ensalzado como crack. Los dirigentes que sacaban todo para adelante a puro corazón y aportando de su bolsillo, fueron reemplazados por dueños de gordas billeteras que se hicieron de un producto que ofrecía mucha ganancia, solo había que saber hacer el negocio. Y los actores principales se pusieron guevones, se ensoberbecieron, miraban hacia abajo y se les dio por vivir como ricos. No les bastaba un buen auto y una buena casa, quisieron más y la prensa hizo un festín con sus problemas íntimos que pasaron a ser públicos. Las mafias se fueron apoderando de los equipos, los gobiernos generaron franquicias y el deporte del pueblo dejó de existir, se transformó en un opio.
Esa es la realidad, sigue siendo mi enseña la que quiero, pero como expresión de cariño popular el fútbol dejó de existir y si sigue así se morirá.

2.- Aparecieron las barras bravas, la droga, el consumo de alcohol y la violencia en los recintos deportivos. Los hinchas ya no tenían discusiones simpáticas que se zanjaron con un apretón de manos, un abrazo y un salud.
En nombre del equipo se salió a las calles a destruir. Luciendo la camiseta del club de los amores se daña lo que se tiene a mano. Orinan y defecan en la calle, abusan de niñas, mujeres y adultos mayores, golpean a quien se atreva a lucir una camiseta distinta a la de ellos. Son hordas, lumpen desatado que pudiendo tener un origen no tiene justificación cuando en vez de ir contra el poder que odian, van contra otros pobres, contra gente que no les hace nada, contra árboles,caminos, locales comerciales, contra todo.
Son criminales, energúmenos, incapaces de organizar su fuerza para ir de verdad contra el poder que dicen odiar, transforman en rival a derrotar a quienes poco o nada pueden hacer. Si bastaría no ir al estadio hasta que bajen el precio de las entradas, dejar los estadios vacíos para que los dueños de los clubes entiendan que la cosa no es como ellos creen. Pero no, es mejor desahogarse dejando la cagada, obligando a que se dicten normas para que no puedan entrar a ningún estadio, quitando a miles las ganas de gritar un gol.
Pero atención, estos no son los hinchas del fútbol, ni del equipo de mis amores ni de mis adversarios. Estos son enajenados a los que la mayoría puede quitar el protagonismo.
Solo falta que, al igual que en la lucha social, estas mayorías se transformen en protagonistas y tomen el control de la actividad para devolverle su esencia.
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Nuestra fuerza la Unidad
Nuestra meta la Victoria