Kast y la receta importada: cuando Chile mira a Argentina para copiar el ajuste

Hay gobiernos que llegan con ideas propias y otros que
aterrizan con manual bajo el brazo. Lo que hemos visto con la
llamada reforma tributaria del presidente Kast no parece una
respuesta diseñada para la realidad chilena, sino una
adaptación local de la libreta ideológica que hoy exhibe Javier
Milei en Argentina: menos impuestos a los grandes capitales,
achique del Estado y la promesa eterna de que el crecimiento
“chorreará” hacia abajo.
La pregunta de fondo es simple: ¿de verdad Chile necesita
copiar el modelo de un país sumido en una crisis estructural
para resolver problemas completamente distintos?
Argentina enfrenta décadas de inflación descontrolada,
desequilibrios fiscales crónicos y una institucionalidad
debilitada. Chile, con todas sus dificultades, no está en ese
escenario. Aquí el drama no es la hiperinflación ni el colapso
monetario. Aquí el drama es el estancamiento, la inseguridad,
el costo de la vida, las listas de espera, la falta de
oportunidades en regiones y una ciudadanía cansada de
promesas que nunca llegan.
Sin embargo, desde La Moneda se insiste en vender una
vieja fórmula como si fuera novedad: bajar impuestos para
que inviertan más, confiar en que el mercado resolverá lo que
el Estado no pudo y esperar que los beneficios lleguen algún
día a las familias. El problema es que ese discurso ya lo
conocemos. Y también conocemos sus límites.
Porque cuando se rebajan tributos sin garantías reales de
inversión, empleo o mejores salarios, lo que se genera no es
desarrollo automático. Se genera una apuesta. Y en política

pública, apostar con las necesidades de millones de personas
suele salir caro.
El oficialismo habla de dinamizar la economía, pero evita
responder una pregunta incómoda: ¿quién compensa los
recursos que el Estado dejará de recaudar? ¿Se recortará
salud? ¿Vivienda? ¿Seguridad? ¿Programas sociales? ¿O
simplemente se aumentará la deuda mientras se celebra el
titular del día?
Tampoco pasa inadvertido el tono refundacional del nuevo
gobierno. Todo lo anterior fue un fracaso, todo lo estatal es
sospechoso, toda regulación es traba y todo impuesto es
castigo. Esa caricatura puede servir en campaña, pero
gobernar exige algo más que consignas de redes sociales.
Chile necesita crecimiento, sí. Pero crecimiento con sentido.
Con productividad, innovación, descentralización, apoyo a
pymes, infraestructura, capital humano y certezas jurídicas.
No basta con repetir el credo de moda entre economistas de
televisión.
La derecha chilena haría bien en recordar que administrar un
país no es conducir un seminario ideológico. Y que la
ciudadanía no votó por experimentos importados, sino por
soluciones concretas.
Porque cuando se gobierna mirando demasiado hacia
Buenos Aires, se corre el riesgo de dejar de mirar lo que pasa
en Punta Arenas, en Antofagasta, en Talca o en la población
de cualquier comuna donde el sueldo no alcanza y la
paciencia tampoco.