La Cuenta Pública del Presidente estuvo llena de frases potentes, promesas y conceptos que buscan transmitir esperanza. Sin embargo, al terminar de escucharla, me quedó la sensación de que hubo más titulares que respuestas concretas para los problemas que viven diariamente las familias chilenas.
Se habló mucho de seguridad, crecimiento económico y reconstrucción, pero poco de las personas que esperan una atención médica, de las familias que enfrentan dificultades para llegar a fin de mes o de las comunidades que siguen esperando soluciones reales desde sus territorios.
En salud, la principal contradicción es evidente. No se puede hablar de fortalecer el sistema mientras se le exigen más respuestas con menos recursos. Los hospitales y consultorios no necesitan héroes ni aplausos interminables; necesitan financiamiento, insumos, equipamiento y mejores condiciones para sus trabajadores. Y resulta preocupante que temas tan relevantes como la Atención Primaria y la salud mental hayan estado prácticamente ausentes del discurso.
En educación, nuevamente se puso el foco en el orden, la disciplina y el mérito, dejando en segundo plano el fortalecimiento de la educación pública, la calidad de los aprendizajes y la reducción de las desigualdades. La educación es mucho más que un sistema de admisión o una discusión administrativa: es la base sobre la cual se construye una sociedad más justa y con mayores oportunidades.
Y aquí surge una contradicción difícil de entender. ¿Cómo es posible que quienes hace algunos años impulsaron con fuerza el traspaso de la educación a los Servicios Locales hoy promuevan fórmulas que devuelven protagonismo a los municipios? La educación necesita coherencia y estabilidad, no cambios de rumbo permanentes.
También llamó la atención lo que no se dijo. Hubo muy poco sobre participación ciudadana, municipalidades, descentralización y regiones. Una vez más, pareciera que Chile se piensa desde Santiago, olvidando que son los gobiernos locales y las organizaciones sociales quienes enfrentan día a día las necesidades de la ciudadanía.
Desde Magallanes, esta ausencia se siente aún más fuerte. Nuestra región no puede aparecer solamente cuando se habla de energía o soberanía. Necesitamos políticas que impulsen el desarrollo regional, el empleo de calidad y oportunidades reales para nuestras comunidades.
Y cuando hablamos de empleo, es imposible no pensar en las mujeres. No basta con reconocer su esfuerzo. Se requieren políticas concretas que permitan compatibilizar trabajo y cuidados, fortalecer el acceso a salas cuna, promover la participación laboral y avanzar hacia una verdadera igualdad de oportunidades.
Respecto de la seguridad, comparto la preocupación de miles de familias que quieren vivir tranquilas. El delito debe enfrentarse con decisión, pero también con prevención, educación, recuperación de espacios públicos y fortalecimiento comunitario. Lo mismo ocurre con la migración: Chile necesita orden y control, pero también una política seria y humana que distinga entre quienes vienen a aportar y quienes utilizan la migración para delinquir.
Más que una Cuenta Pública de gobierno, lo que escuchamos fue muchas veces un discurso con tono de campaña, sustentado en una mirada profundamente economicista que parece creer que el crecimiento resolverá por sí solo los problemas sociales.
Yo creo algo distinto.
Creo en un Chile que pone a las personas en el centro de las decisiones. Un Chile que fortalece la salud pública, la educación, las regiones, los municipios y la participación ciudadana. Un Chile que entiende que el desarrollo no se mide solamente en cifras, sino también en bienestar, dignidad y oportunidades.
La esperanza sigue existiendo, pero no está en los discursos. Está en las personas que cada día construyen comunidad, trabajan por sus territorios y creen que es posible un país más justo, más humano y más solidario.
Ese es el Chile por el que vale la pena seguir trabajando.
Más titulares que respuestas

