Durante años se nos presentó al hidrógeno verde como la gran transformación de Magallanes: inversiones
históricas, miles de empleos y desarrollo para todos. Era difícil no ilusionarse.
Pero hoy muchos proyectos comienzan a frenarse o entrar en incertidumbre por factores del mercado
internacional. Y mientras se discute el futuro energético del mundo, la vida diaria en Magallanes sigue
siendo cara y difícil.
- Costos elevados de la calefacción (por lo obligatorio de su uso).
- Falta de viviendas y arriendos elevados.
- Listas de espera en salud.
- Mayor sensación de inseguridad.
La realidad es que hoy Magallanes vive principalmente de la acuicultura del salmón, de los productos del
mar tradicionales como el erizo y la centolla —que sostienen gran parte de la pesca artesanal—, además
del turismo y de la actividad ligada al gas y sus derivados.
El problema de generar expectativas demasiado grandes es la frustración social. La gente no vive de
anuncios ni de titulares millonarios; vive de resultados concretos.
Por eso también es importante enmendar el rumbo de las expectativas. Muchos de estos proyectos tardan
años en materializarse y, según su magnitud, pueden demorarse incluso más pese a los esfuerzos por
agilizar los tiempos, especialmente cuando se trata de nuevas políticas públicas, implementación de
tecnologías, permisos ambientales, incentivos estatales y condiciones del mercado internacional.
El verdadero desafío está en el corto plazo. Mientras las grandes inversiones y proyectos terminan de
desarrollarse, la prioridad debe ser impulsar acciones concretas que ayuden a mitigar la espera del
crecimiento regional: fortalecer la pesca artesanal, apoyar el turismo, mejorar el acceso a la vivienda,
enfrentar el alto costo de la calefacción y generar más oportunidades reales para las familias
magallánicas.
Porque las expectativas pueden sostenerse un tiempo, pero finalmente la ciudadanía evalúa los resultados
en su vida diaria.
Porque detrás de cada anuncio de inversión hay familias que siguen esperando una mejor calidad de vida,
trabajadores que necesitan estabilidad y jóvenes que no quieren verse obligados a dejar Magallanes para
buscar oportunidades en otra parte del país.
Magallanes tiene memoria. Ya lo vivimos en 2011 con el “Magallanazo”: cuando la distancia entre lo
prometido y lo vivido se hace muy grande, aparece el descontento.
El desafío no es dejar de soñar en grande, sino lograr que el desarrollo llegue de verdad a la vida cotidiana
de las familias, los trabajadores y los jóvenes de nuestra región.
■■ Magallanes no pide privilegios. Pide que las promesas se conviertan en realidad.

