Frente a la propuesta emitida por el Alcalde de Punta Arenas, señor Claudio Radonich, de
bautizar el futuro Archivo y Biblioteca de la Región de Magallanes y la Antártica Chilena con
el nombre de Mateo Martinic Beros, y frente a la discusión pública en torno a qué nombre
debiese llevar la nueva infraestructura pública cultural regional (sugiriéndose, por ejemplo,
una consulta ciudadana) que se ha desarrollado en los últimos días, como integrantes de la
Biblioteca Cultura Obrera Patagonia queremos compartir algunas ideas al respecto.
En primera instancia, queremos recordar que estamos ante una obra pública del Estado de
Chile. Si revisamos lo ocurrido en otros lugares, solamente dos infraestructuras de esta
envergadura y tipología llevan nombre propio: la Biblioteca Regional de Coquimbo Gabriela
Mistral y la de Valparaíso Santiago Severín. Salvo en estos casos, que dan cuenta de
nombres con un consenso mayor, para este tipo de espacios se procura resguardar su
carácter estrictamente público e institucional con denominaciones sin nombres propios
(como lo son la Biblioteca de Santiago o el Archivo Regional de Tarapacá). Por lo anterior, y
fundamentalmente por otras razones que puntualizamos a continuación, como Biblioteca
Cultura Obrera Patagonia creemos que el futuro Archivo y Biblioteca Regional de
Magallanes no debiese llevar ningún nombre propio.
Vemos con preocupación que la propuesta de quien es hoy el Alcalde comunal de turno,
sirva para cristalizar personalismos antes que resaltar el valor y verdadero impacto social y
cultural de una Biblioteca y Archivo para la región y el territorio fuego-patagónico. En
particular, pensamos que la propuesta del señor Radonich resta relevancia al hecho de que
el proyecto fue concebido, financiado y requerido bajo la figura de una Biblioteca y un
Archivo Regional. Ambos roles poseen un valor monumental e indivisible: resguardar la
memoria documental de nuestro pasado, ser el corazón del acceso a la información de
nuestra historia, erigirse como uno de los lugares más importantes para el enriquecimiento
intelectual plural y literario y consolidar un espacio para la creación colectiva y el
pensamiento crítico, fortaleciendo así la labor que ya venían desarrollando las bibliotecas
municipales. En este sentido, acotar la envergadura de este centro cultural y de
investigación próximo a ser inaugurado (para alegría de todas/os), identificándolo bajo la
figura exclusiva de una persona, atenta contra el carácter público (y por tanto plural) de una
institución cultural y educativa de esta índole.
En paralelo, creemos que ningún nombre propio podría generar un consenso que aporte al
carácter público de lo que será esta Biblioteca y Archivo Regional de Magallanes.
Comenzando por el nombre propuesto por el Alcalde, Mateo Martinic, no podemos olvidar
que el auge de su obra no se dio en un vacío de neutralidad académica, sino que fue
promovida por la familia Braun Menéndez del gran empresariado patagónico. Durante años,
este apoyo, que incluyó también el de una entonces Universidad de Magallanes intervenida
en tiempos de la dictadura civil-militar, permitió el auge de su narrativa de historias del
«progreso» europeo, que romantizó la instalación del latifundio y el accionar de sociedades
explotadoras, en la que relativizó el genocidio de los pueblos indígenas del territorio,
perpetuó la estigmatización hacia la comunidad chilota y casi que ignoró la rica historia de la
clase trabajadora local. En resumidas cuentas, es la narrativa histórica de Martinic una que
se instaló más como una continuadora del legado de los escritores oficiales de la oligarquía,
como la de Armando Braun Menéndez (a quien dedicó uno de sus libros), que una
representante de consenso en nuestras comunidades regionales.
Por otro lado, si pensamos en más nombres, podríamos hacer el ejercicio, desde otras
perspectivas políticas, teóricas y metodológicas, de recordar contribuciones populares y
críticas que han desafiado aquel cerco cultural de las élites locales. Por ejemplo, cabe
mencionar a Francisco Coloane, quien plasmó desde su literatura el carácter popular y la
raigambre chilota de quienes en buena parte constituyeron este territorio (y lo que le valió a
su libro “El Chilote Otey” ser censurado en dictadura). También destaca Rosa de Amarante
(Rosa Miranda Tijeras) como escritora fundamental de mediados del siglo XX que desafió a
la sociedad conservadora, utilizando la literatura para visibilizar la violencia de género, el
abuso patronal y las crónicas de la vida obrera que la historia oficial puso en el olvido hasta
hace muy poco. O podemos incluir a Carlos Vega Delgado, historiador, periodista e
investigador crucial que dedicó su vida a reconstruir la historia desde abajo, desafiando la
ya señalada historiografía hegemónica local, documentando tanto el exterminio de los
pueblos indígenas de Tierra del Fuego como la Masacre de la Federación Obrera de
Magallanes (FOM) en 1920 desde publicaciones de la revista Impactos y su Editorial Atelí.
El debate acerca de la denominación de la Biblioteca y Archivo Regional podría incluir
perfectamente alguno de estos u otros nombres (y que quizá a nosotros y a más personas
nos resultarían mucho más significativos). Sin embargo, creemos que la memoria de
nuestra región no le pertenece a una figura ni a una sola visión histórica, política o
ideológica.
Proponemos, por tanto, que este nuevo edificio sea defendido en su valiosa y anhelada
condición pública de Archivo y Biblioteca, sin nombres ni apellidos. Lejos de consolidar
desde el poder estatal una perspectiva historiográfica por sobre otras, debe consagrarse
también simbólicamente como un espacio democrático abierto a todas las voces, incluyendo
a quienes prefieren y recogen a aquellas que la historiografía oficial y la censura del
régimen dictatorial alguna vez intentaron ordenar y silenciar.
Juan Pablo Castañeda Agüero
Nicolás Gómez Baeza
Tomas Ulloa Álvarez

