Quilapayún: mucho más que tres barbas

Hablar de Quilapayún es remontarse a la piedra angular de la Nueva Canción Chilena, movimiento
músico-social que vinculó de forma indisoluble la investigación folclórica con un férreo compromiso
político. Hablar de Quilapayún es conjugar conceptos fundamentales como Pueblo, Memoria,
Patrimonio, Consecuencia, Virtuosismo, Música, Arte y Cultura. Por eso, al enterarme unas semanas
atrás de su presentación este pasado sábado 26 en Punta Arenas, no dudé un segundo y, con profunda
emoción y entusiasmo me sumé junto a mi madre al concierto que conmemora los sesenta años de
trayectoria de esta mítica agrupación.
El encuentro tuvo también un aliciente terreno-celestial: nos acompañaron unos amores compañeros
que, habiendo trascendido esta realidad física hace algunos años, se ahorraron la entrada para estar
presentes en espíritu; Talo Mansilla, Lalo Manzanares y Pato Pardo irradiaron su energía en este viaje
mágico tintado de acordes y nostalgia.
Los “Quila”, puntuales y majestuosos, tomaron sus posiciones en el escenario abriendo los fuegos con
la Cantata Popular Santa María de Iquique (1969), obra maestra compuesta por Luis Advis que
amalgama el folclore latinoamericano con la música docta. Su relato musical describe el horror de uno
de los pasajes más oscuros de nuestra historia: la masacre de la Escuela Santa María de Iquique,
ocurrida el 21 de diciembre de 1907. Esta matanza es el vivo recordatorio de la injusticia social; por un
lado, una oligarquía pisoteando una vez más a la masa trabajadora y, por el otro, miles de obreros
pampinos que habían iniciado una huelga general en el norte de Chile para exigir condiciones laborales
dignas, seguridad y salarios justos pagados en moneda legal y no en fichas de pulpería. Mientras las
cifras oficiales del gobierno de la época intentaron sepultar la verdad hablando de 126 muertos, las
crónicas independientes y la memoria colectiva estiman que las víctimas fatales superaron con creces
las 3.000 personas.
El público, sumido en un respeto supremo, escucha atento el primer pregón que versa: «Señoras y
señores, venimos a contar / aquello que la historia no quiere recordar. / Pasó en el Norte Grande, fue
Iquique la ciudad, / mil novecientos siete marcó fatalidad». Ante esta realidad desgarradora, la
audiencia se fundió con la interpretación; en el aire se percibía el valor en cada palabra, el dolor en
cada nota, el peso de la historia en cada silencio. Fuimos en un santiamén náufragos surcando juntos
las aguas de la melancolía y la memoria.
Recorrimos diversas canciones nostálgicas como “El cigarrito” del gran Víctor Jara y nos embriagamos
al son de los tambores afrolatinos que acompañaban “Malembe”, entusiasmando a más de alguna
asistente extasiada que se sumó a mover las caderas —de cuyos nombres ahora no me quiero
acordar— (J. Sabina). Y coronando la jornada, el himno por excelencia revolucionario: “El pueblo unido
jamás será vencido”.
Escuchar y ver a Quilapayún en vivo es mucho más que presenciar un concierto, es conectar de frente
con la memoria, el dolor y la esperanza, fusionando una experiencia artística y social donde habitan el
individuo y la comunidad, construyendo realidad y reivindicando que el arte y la cultura son vehículos
de transformación y resistencia. Esto nos permite visibilizar realidades marginadas y denunciar
injusticias sociales mediante la empatía y la reflexión crítica.
Gracias por la generosidad de su entrega, por mantener intacta esa fuerza que trasciende generaciones
y por recordarnos, a través de cada acorde y poesía, de dónde venimos y hacia dónde transita nuestro
corazón errante y soñador.
Su música sigue siendo un refugio con faro de luz infinita.
Katia Schultheiss Taboada
Magíster en Periodismo Cultural