Johana Watson cronista de la musica Chilena visita Magallanes

Johanna Watson, la cronista de la música chilena, llega por primera vez al Estrecho – La autora de los libros sobre Jorge González y Cecilia llega por primera vez a Magallanes. El sábado 20 de junio, a las 17 horas, conversará con el público en la Galería Palace, invitada por la librería Leo el Sur, Radio Presidente Ibáñez y el programa Rojo Amanecer. Johanna Watson nunca ha pisado Punta Arenas, pero Punta Arenas ya vive en su cabeza. Vive como viven las ciudades antes de conocerlas. En desorden. Un cordero magallánico que no ha probado. Una leche con plátano de la que le han hablado como se habla de las leyendas. Un cementerio que conoció leyendo a la argentina, Mariana Enriquez (Alguien camina sobre tu tumba) y que ahora quiere recorrer con sus propios pies. Los selknam. Las boinas. El viento que sacude los aviones y a los pasajeros que no están acostumbrados. Todo eso, junto y revuelto, es el sur que ella imagina desde Santiago. El sábado 20 de junio, a las 17 horas, ese sur imaginado se va a encontrar con el real en la Galería Palace. Watson lleva más de veinticinco años escribiendo la música chilena. Tres libros publicados, capítulos en otros once editados en Chile, Estados Unidos, España, México y Venezuela, jurado de los Premios Pulsar, integrante de la Red de Periodistas Musicales de Iberoamérica. El currículum es largo. Pero el currículum no explica por qué una mujer que ha presentado sus libros en Ciudad de México, Lima, Buenos Aires y Rapa Nui decidió que su próxima escala fuera el estrecho de Magallanes. Lo explica mejor el título de su primer libro, Lado B. Watson escribe la cara del disco que las radios no programan, la que hay que dar vuelta a propósito. Y en el mapa de Chile, Magallanes es justamente eso, el lado B de un país que se escucha a sí mismo casi siempre desde Santiago. Una burbuja en medio de la pandemia Su libro más conocido, Escuchando radio: canciones que inspiraron a Jorge González —ya en tercera edición—, nació en el momento más improbable. Era el punto más crítico de la pandemia, cuando los noticiarios mostraban cementerios abriendo fosas y salir a la esquina requería salvoconducto. Encerrados cada uno en su casa, Watson y el líder de Los Prisioneros se metieron en lo que ella llama una burbuja. Un mes entero conversando por escrito, a través de una aplicación, sobre lo que más les gusta a los dos. La música. Las canciones. Los recuerdos. Alguien le reprochó alguna vez que una entrevista «tenía que ser» presencial. Ella responde sin pestañear. «Hay momentos en la vida en que como humanidad teníamos prohibido acercarnos. Es el reflejo de un momento, el formato de un momento». Y defiende algo más, que la escritura conecta con una parte más íntima, más emocional y más poética de las personas. «Eso se nota absolutamente en el libro», dice. Once capítulos, muchas horas, y descubrimientos que todavía la sorprenden. González, por ejemplo, tomó ideas de las canciones de Florcita Motuda y las integró a su propia manera de escribir letras. «Cuando me lo contó me explotó la cabeza». Fue la primera mujer en publicar un volumen de conversaciones íntimas con el músico más influyente del pop chileno. Y no le parece un dato menor. «Somos seres diferentes, que sentimos diferente, que abordamos las cosas desde otros lugares y otras emocionalidades. Eso se nota mucho en el libro». Cecilia, gigante Con Cecilia: El último baile la responsabilidad fue otra. Escribir de alguien que ya no está y a quien se quiere. Mostrarla en su etapa final, con su dolencia, pero también con sus virtudes, sus defectos y su grandeza. Watson lo resume en una frase que parece el final de una canción. «La Cecilia, pese a su menos de un metro cincuenta, era gigante». Ese libro la llevó a lugares donde los libros casi nunca llegan. En la cárcel de mujeres de Copiapó, una interna que llevaba dos décadas presa —y que se parecía a Cecilia, cuenta Watson— participó de toda la actividad. Al final pusieron música y las mujeres se largaron a bailar. Hubo un cóctel improvisado y las internas se preocupaban de atenderla, de llevarle cositas para comer. Pero lo que se le quedó pegado en la cabeza fue otra cosa. Una joven se le acercó a agradecerle. «Nosotras acá lo único que escuchamos es de pelea, pelea, pelea. Y usted nos trae este tema y nos hace viajar, nos hace salir de donde estamos encerradas». Watson guarda esa frase como otros guardan un premio. «Estas cosas al menos dejan una guagüita por ahí dando vueltas», dice. «Y con eso yo me doy por pagada». Cada viaje, una crónica Sus libros viajan y ella viaja detrás de ellos, o al revés. En Ciudad de México presentó Lado B en la Librería del Fondo de Cultura Económica junto a Mauricio Durán, guitarrista de Los Bunkers, y la cantante de culto Cecilia Toussaint, que leyó un fragmento del libro como manda la tradición mexicana. Veinte minutos antes de empezar aparecieron, de pura casualidad, los integrantes de La Nueva Imperial, banda chilena que andaba de gira. Alguien lamentó en voz alta no haberlos invitado a tocar. Tenemos los instrumentos en el Airbnb, dijeron. Fueron a buscarlos. Volvieron. Tocaron. Días después Watson se los volvió a encontrar en la casa de Frida Kahlo, y terminaron comiendo elotes y sacándose fotos. «Una especie de sincronía», recuerda. Pero México también le dejó una historia más oscura, que adelanta a medias porque entrará en su cuarto libro, el de las crónicas viajeras que está preparando. Investigando en el antiguo Palacio Negro de Lecumberri —la cárcel donde estuvo preso Juan Gabriel siendo muy joven, hoy Archivo General de la Nación—, empezó a sentirse mal. Mal, mal, mal. Tuvo que salir a tomar aire. Volvió, resistió porque cada minuto en el extranjero cuenta, y esa noche un médico le confirmó la fiebre. Al día siguiente no tenía nada. «Estoy muy segura de que fue el lugar», dice. «Un lugar muy cargado, donde se vivieron muchas injusticias. Yo creo que como persona sensible canalicé esas energías y terminé afiebrada ahí adentro». En Buenos Aires compartió mesa con Alfredo Rosso y Sergio Marchi, los próceres de la literatura rock argentina. De ese viaje trajo una comparación que duele. «Los argentinos, cuando tienen un artista, lo primero que les nace es valorarlo, relevarlo, elevarlo. Acá cuando tenemos un artista se tiende a pisotear, a desconocer, a minimizar». Ella se considera parte de una nueva camada de escritores e investigadores que trabajan «más desde el cariño, desde el amor, desde la pasión que desde el odio», lejos de esa vieja escuela que desprestigiaba al artista para que brillara el periodista. Las canciones como archivo Cuando se le pregunta por la música en contextos políticos, donde otras voces están silenciadas, Watson se sitúa primero a sí misma. Si buena parte de su obra toca música que se hizo contra algo, dice, es porque ella también se siente parte de una resistencia. Después apunta a su década formativa. «Las letras de Los Prisioneros nos mostraron a muchos que crecimos en las ochenta temáticas sociales que no estaban en los medios de comunicación. Ahí las canciones tuvieron un rol importantísimo de educación. Una canción lo puede todo». Y deja una idea que en Magallanes —tierra de memorias poco contadas— resuena con fuerza propia. Las canciones son archivos no oficiales, registros que van quedando bajo la alfombra y que algunas personas, ella entre otras, se han encargado de rescatar. «Siempre hay historias no contadas que de repente salen a la luz y nos sorprenden». El sur que viene a escuchar Algo del extremo austral ya conoce de oídas. A Sol Domínguez la conoció en una actividad literaria y desde entonces la tiene «muy en consideración». Sabe que Pailita es de acá. Tiene anotada a una banda de rock llamada Hielo Negro. Y sabe también que hay más, mucho más, nombres que prefiere no aventurar para no equivocarse. A eso viene, en parte. A completar el casete. Viene, además, en un momento simbólico para quienes la invitan. La librería Leo el Sur, de la Galería Palace, cierra su ciclo de tienda física para convertirse en librería digital, y Watson lee esa transición sin nostalgia. «Siempre los cambios son buenos. Si Leo el Sur cumplió una etapa, hay que darle la bienvenida a lo que viene. Nada es lineal en la vida». Eso sí, defiende con uñas y dientes el lugar de las librerías independientes. «Tienen una llegada mucho más humana al público, más de nombre y apellido, más acogedora. Son la resistencia, desde su trinchera, a las grandes cadenas». Su agenda magallánica no se agota en Punta Arenas. La autora ha manifestado su interés por llegar también a Porvenir y a Puerto Natales, porque cada viaje, dice, es una crónica nueva que nace. «Siempre pasa que alguna buena historia queda para ser escrita después. De este viaje por Magallanes puede salir una buena crónica, por los paisajes, por la diferencia con lo que estoy acostumbrada. Me gusta llevarme de los lugares que visito una buena historia, para que mis textos no sean tan centralizados y muestren otras localidades, otras personas, otras culturas». La invitación El conversatorio del sábado 20 de junio, a las 17 horas en la Galería Palace, es gratuito y abierto a todo público. Organizan la librería Leo el Sur, Radio Presidente Ibáñez y el programa Rojo Amanecer. Y Watson tiene un mensaje para quienes duden en ir porque creen que «no saben suficiente de música»: “No hay ninguna necesidad de saber de música. El lugar desde donde yo abordo la música es aquel que como humanos nos une, el de los recuerdos, el de la memoria colectiva y personal. Esto es para la gente que se siente identificada con el trabajo de Jorge González, con sus letras, pero también con la música popular en general, que a todos nos llega. No es una exposición donde yo voy a hacer un monólogo y me voy a ir. A mí me interesa escuchar las historias de allá. Voy a estar en una tierra desconocida que probablemente tiene mucho que decir». Va a andar con ejemplares de sus libros. Va con toda su disposición, dice, emocionada y agradecida del esfuerzo conjunto que hace posible el viaje. Y deja abierta la puerta para lo que de verdad la mueve, que del encuentro entre la cronista y el territorio salga una historia. Porque al final de cada viaje, Johanna Watson da vuelta el casete. Y empieza a grabar el lado B. Te dejo la nota más larga de autora