Hace algunos años atrás, en la única visita que efectuó su Santidad el Papa Francisco a Chile, el Papa
visitó el Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín en Santiago el 16 de enero de 2018. Fue la primera
vez que un Papa visitó una cárcel exclusivamente de mujeres. La bienvenida al recinto le correspondió
hacerla a la hermana Nelly León Correa, religiosa de la Congregación del Buen Pastor y en ese entonces
capellana del Centro Penitenciario. Sus palabras fueron: «Querido Papa Francisco, en este gimnasio somos
un poco más de 400 mujeres; pero hoy estas mujeres representan aquí, junto a usted, los casi 50 mil
hombres y mujeres pobres y vulnerables, privados de libertad en Chile. Digo pobre, santo padre, porque
lamentablemente en Chile se encarcela la pobreza». El Papa visiblemente emocionado, rompió el protocolo y
saludó y bendijo a cada mujer recluida, y a todos los hijos de mujeres reclusas que permanecen junto a sus
madres en el penal. Muy conmovido, El Papa les dijo “Pueden privarlas de la libertad, pero jamás de la
dignidad”. Este momento es uno de los más recordados de su pasada por Chile.
La mayoría de las mujeres del Centro penitenciario femenino de San Joaquín, y también de otros
penales del país, cumplen sentencia por delitos asociados al tráfico de drogas. Las bandas criminales
explotan a las mujeres en el comercio sexual, y con frecuencia en las cadenas de transporte de drogas, tanto
desde el exterior como a través de nuestro territorio.
Esta semana, volvió a mi mente la frase de la Hermana Nelly “En Chile se encarcela la pobreza”. Esto
a raíz de una iniciativa legal presentada por parlamentarios oficialistas destinada a convertir en delito, el
hecho de levantar un ruco o una casucha para protegerse del frío. Según los autores la finalidad del proyecto
es “responder al creciente deterioro de los espacios públicos en distintas comunas del país. El aumento de
los rucos, genera problemas sanitarios e incivilidades”. La norma propone penas de presidio menor en su
grado mínimo, es decir pena de cárcel de 61 a 540 días, a quienes ocupen bienes nacionales de uso público
para habitar o pernoctar, instalando estructuras que impidan el libre tránsito.
Según datos del CENSO 2024 se encuentran viviendo en situación de calle en Chile, 21.715 personas.
Sin embargo, este dato sería inexacto, según el Hogar de Cristo y otras instituciones afines, la cifra más
realista superaría las 50 mil personas viviendo en situación de calle en Chile.
Alguna fibra en lo profundo de nuestro ser, se enciende ante una persona vulnerable. Los pobres,
para decirlo sin eufemismos, son invisibilizados en la sociedad de consumo. Y ahora, no sólo se pretende
ocultarlos, sino terminar de raíz con el problema, mandándolos a la cárcel. No se requiere ser católico, ni
venerar al Papa, para darse cuenta, que estamos aquí frente a una aberración moral, una ofensa a ese
principio elemental, que es un derecho humano, el respeto a la vida e integridad física de las personas sin
considerar su condición.
Dense el tiempo de indagar un poco. Se van a sorprender como dice S.E. Muchos de los hombres y
mujeres que se encuentran hoy en situación de calle, eran como cualquier vecino común y corriente,
viviendo en su casita con su familia y sus cosas. En algunos casos una tragedia familiar, una enfermedad
catastrófica, una pérdida de la que no se pudo recuperar nunca. En otros casos haber sido víctima de una
estafa o engaño. En otros casos la enfermedad de la dependencia del alcohol u otras substancias, es la causa
de que las personas terminen viviendo en un ruco o en una casucha de cartones. En todos los casos, una
situación inesperada los condujo a vivir en la calle. ¿Debemos mandar a la cárcel a todos estos hombres y
mujeres?
En Chile existe una fragilidad social permanente. Hace unas décadas atrás durante los gobiernos de
la Concertación, el país crecía al 7%, y se redujo de manera dramática la pobreza, pasando de un 40%
heredada de los Chicago Boys a menos de un 20%. Pero lo que el sistema económico nunca pudo resolver es
la desigualdad. Una temática que es el leit motiv del progresismo, sucesivas políticas sociales han logrado
reducir marginalmente una distribución del ingreso que es la peor de los países de la OCDE. Es impactante,
en Chile el 10% más rico captura el 59,5% de los ingresos totales. En tanto, los ultra ricos de Chile, el 1% más
acaudalado captura el 30% de la riqueza total de Chile. Esto se explica porque los trabajadores y
trabajadoras de Chile, dependen exclusivamente de su salario para vivir, y estos ingresos son muy modestos,
por no decir escuálidos. Según cifras de la encuesta suplementaria de ingresos del INE, la mediana de
ingresos es de $ 611.162. Esto significa que la mitad de los asalariados de Chile percibe ingresos mensuales
iguales o inferiores a la línea de los $611.162 pesos.
Las respuestas de la actual administración para estas interrogantes, son para otra época y para otro
país. Por primera vez desde el retorno a la democracia, quienes en dictadura forjaron el sistema neoliberal
chileno, bajo la conducción de los Chicago boys, vuelven a tomar las riendas de la economía. Y en esto no
hay ninguna sorpresa, ofrecen las mismas soluciones que impusieron antes a sangre y fuego. Pero los
problemas de Chile hoy son otros. Chile ya se abrió al mundo, y conquistó mercados. Es el país de la OCDE
con la mayor cantidad de tratados de libre comercio vigentes. Chile forjó una fuerte inserción en el contexto
global, y es un país respetado por su estabilidad social y política, y por las políticas económicas que ha
implementado desde 1990. Chile goza de la mejor calificación en las empresas calificadoras de riesgo, para
países de nuestro tamaño. Cuenta con un mercado financiero maduro que goza de rentabilidades muy
superiores al resto de la industria. Los fantasmas que pretende exorcizar el ministro de Hacienda, ya fueron
alejados por 35 años de políticas públicas responsables que le han dado estabilidad a nuestra economía. Nos
lo ha dicho la OCDE, el FMI, el Banco Mundial, es necesario hacer reformas para reimpulsar el crecimiento
económico. Pero estas van en un sentido distinto a las que se intenta imponer “aunque sea por un voto”.
Para muestra un botón. La OCDE nos dice que Chile va a enfrentar una escasez de trabajadores altamente
cualificados para las transiciones digital y verde. Esto abre un ámbito esencial, como es la calificación de la
mano de obra. Pero esta oportunidad se desaprovecha, lejos de querer mejorar, la administración propone
terminar con los cursos financiados por la entidad especializada en capacitación que es el SENCE.
El ministro de Hacienda nos informó esta semana que la ley miscelánea con su reforma tributaria,
forman parte de una batalla cultural, de la cual vendrían otras medidas. Tardíamente nos enteramos, porque
en la campaña presidencial no se dijo, o más bien se negó, que se iba a iniciar una cruzada ultrona, para
destruir las bases del contrato social existente. Pero esta película ya la vimos. En la Convención
constitucional, el mismo sector radical y ultra conservador, pretendió imponer a Chile, un tipo de sociedad y
de país que fue rechazado ampliamente por la ciudadanía. Así que es recomendable que hagamos un poco
de historia reciente, y tomemos lecciones de ello. Concentrémonos en lo que nos une, y no en lo que nos
divide. El camino de la confrontación que parece seducir a los sectores más extremos de lado y lado del
espectro político, ya lo hemos recorrido, y es pésimo para el país. Los ciudadanos de a pie, no quieren saber
más de peleas y malos ratos. El chileno y la chilena, tienen harta paciencia. Pero sabemos también que esa
paciencia se agota, y no se sabe cuándo ni qué es lo que derrama el vaso. Y cuando sucede todos se
preguntan por qué no hicimos algo antes.
Creo que, en Chile, la inmensa mayoría se conmueve con la pobreza, con las personas viviendo en
situación de calle, pero también con esforzados trabajadores y trabajadoras que reciben una miseria de
sueldo insuficiente para vivir. La profunda desigualdad social es una herida en el alma de Chile, y todos los
gobiernos sean de izquierdas o de derechas deben hacerse cargo.
Creo que a todos nos da vergüenza la frase dicha al Papa Francisco “En Chile se encarcela la
pobreza”. Han pasado ocho años desde eso, y tenemos que aprender la lección. No queremos ver en Chile, a
los carabineros encarcelando a las personas que viven en la calle.
Ernesto Sepúlveda Tornero

