Dejar las cálidas tierras del centro-norte de León, en México, para enfrentarse al crudo invierno de la Patagonia no es una decisión que cualquier estudiante tomaría a la ligera; pero para Litzy Cobian Escobar, estudiante de Biología Experimental de la Universidad de Guanajuato, fue más que un deseo de querer acercarse al hielo.
La joven investigadora llegó a Punta Arenas para realizar su práctica profesional de tres meses en el edificio de los laboratorios “Embajador Jorge Berguño” del Instituto Antártico Chileno (INACH) y colaborar activamente en el estudio de un misterioso síndrome de desgaste que afecta a las estrellas de mar antárticas y subantárticas.
Comenta que no dudó en enviar correos desde México hasta dar con el Dr. Marcelo González, investigador del Departamento Científico del INACH, quien le abrió las puertas para colaborar en proyectos de vanguardia en ciencia antártica.
El foco de su investigación se centró en la estrella marina antártica Odontaster validus. Relata que algunos ejemplares de esta especie comenzaron a registrar un síndrome de desgaste, una patología donde las estrellas empiezan a desintegrarse prácticamente desde sus extremidades hacia el resto del tejido.
“Algunas estrellas comenzaron a mostrar síntomas del síndrome mientras las manteníamos en condiciones basales, lo cual nos permitió trabajar con ellas. Es posible que ya estuvieran contagiadas desde que se recolectaron y que el cautiverio simplemente haya detonado la manifestación de la enfermedad”, explica la estudiante mexicana, detallando que la patología también se detectó en ejemplares subantárticos: “nos tocó trabajar con un ejemplar subantártico y también estaba contagiado de lo mismo; era de la misma especie».
Su rutina diaria comenzaba a las 8:30 horas para monitorear parámetros del agua como el pH, salinidad, temperatura, oxígeno, nitratos y amoníaco de los acuarios del INACH. Por las tardes Cobian se dedicó a realizar pruebas de biología molecular (PCR) y extracciones de tejido y de líquido celómico (el equivalente a la sangre en estos invertebrados). El objetivo principal era identificar si los causantes de esta enfermedad son virus, densovirus (altamente nocivos para estas especies) o bacterias del tipo vibrio.
Por su lejanía y aislamiento, se podría pensar que la Antártica está exenta de patógenos. No obstante, este tipo de investigaciones busca derribar este mito, conectando sus hallazgos con registros escasos pero similares ocurridos en zonas frías del hemisferio norte, como Groenlandia.
Las muestras obtenidas por la estudiante ya han sido enviadas a secuenciación genética para determinar con exactitud el origen de la patología. Este trabajo no solo sentará las bases para su tesis, sino que también tenderá puentes para futuras colaboraciones entre instituciones chilenas y mexicanas.
Tras tres meses de intensa labor, Litzy retorna a México con sus expectativas superadas. “En el laboratorio me hicieron sentir parte del equipo. De repente, ‘pega’ la distancia y extrañas a la familia, pero me hicieron sentir querida. Pasé mi cumpleaños aquí el viernes y estoy muy agradecida por toda la hospitalidad. Definitivamente, la Antártica es un lugar que tengo que conocer y experimentar en terreno. Esto es solo un primer pequeño paso”, concluye.
El INACH es un organismo técnico del Ministerio de Relaciones Exteriores con plena autonomía en todo lo relacionado con asuntos antárticos de carácter científico, tecnológico y de difusión. El INACH cumple con la Política Antártica Nacional incentivando el desarrollo de la investigación de excelencia, participando efectivamente en el Sistema del Tratado Antártico y foros relacionados, fortaleciendo a Magallanes como puerta de entrada al Continente Blanco y realizando acciones de divulgación del conocimiento antártico en la ciudadanía. El INACH organiza el Programa Nacional de Ciencia Antártica (PROCIEN).

