¿Quién decide?

Durante años, el Congreso funcionó mediante negociaciones silenciosas donde, pese a las
diferencias ideológicas, existía conciencia de que ciertos acuerdos eran necesarios para dar
estabilidad al país. Hoy ese escenario cambió profundamente.
Pareciera que desaparecieron aquellos grandes negociadores capaces de tender puentes entre
sectores distintos. En su lugar, surgió una política mucho más fragmentada, donde las decisiones
se aprueban con márgenes mínimos y bajo una tensión permanente.
La irrupción de partidos no tradicionales y parlamentarios independientes modificó
completamente el equilibrio de poder. Hoy basta uno o dos votos para inclinar la balanza en
proyectos clave. Y cuando un voto se vuelve decisivo, inevitablemente aumenta también su
capacidad de negociación.
Eso explica por qué cada reforma importante termina transformándose en una extensa batalla
legislativa. Aparecen verdaderos “tsunamis” de indicaciones, modificaciones de último minuto y
negociaciones interminables que muchas veces terminan debilitando el sentido original de los
proyectos.
El problema es que, para aprobar leyes, los gobiernos se ven obligados constantemente a ceder
frente a exigencias particulares o peticiones que en algunos casos rozan el populismo. Pero en
un Congreso fragmentado, muchas veces esa termina siendo la única manera de conseguir los
votos necesarios.
Y aunque este nuevo escenario podría traducirse en mayores beneficios o compensaciones para
algunas regiones, también instala una enorme incertidumbre sobre la capacidad real de gobernar
y construir políticas de largo plazo.
La política dejó de ser solamente una discusión de ideas. Hoy también es una disputa mediática
permanente.
Las redes sociales y parte de la prensa alimentan diariamente el conflicto, amplificando
recriminaciones, diferencias y enfrentamientos públicos. Muchas veces pareciera más importante

obtener un titular, un video viral o algunos “likes” que construir acuerdos serios para el país.
Y la ciudadanía comienza a cansarse.
Cada vez más personas sienten que la política tradicional está atrapada en peleas internas, egos
personales y cálculos electorales, mientras los problemas reales de las familias siguen esperando
soluciones.
Cuando desaparece la capacidad de diálogo, también comienza a debilitarse la confianza en la
democracia.
Y allí aparece el mayor riesgo.
Si esta situación no cambia, muchos ciudadanos terminarán buscando alternativas cada vez más
populistas o más extremas, convencidos de que solo liderazgos duros podrán romper la parálisis
política actual. Cuando eso ocurre, la alternancia democrática empieza a deteriorarse y la
incertidumbre pasa a transformarse en parte permanente del escenario político.
Chile necesita recuperar algo que parece haberse perdido: la capacidad de construir acuerdos sin
convertir cada discusión en una guerra total.
Porque gobernar no significa destruir al adversario. Gobernar significa tener la madurez suficiente
para entender que, cuando nadie quiere ceder, finalmente el país completo termina perdiendo.

Por Arturo STORAKER
Presidente UDI regional