El mapa amputado: El despojo de Timaukel tras la fractura de Tierra del Fuego.

El centralismo chileno padece de una ceguera geográfica crónica, pero lo que ocurre en las
aguas del Lago Blanco raya en la negligencia geopolítica. La reciente decisión del
Ministerio de Bienes Nacionales de incorporar a su plan «Se busca dueño» la venta de Isla
Arturo e Isla Sin Nombre es el reflejo de una tecnocracia santiaguina que confunde el
territorio soberano con un catálogo inmobiliario de lujo.
Bajo el cómodo paraguas del “fomento turístico”, el Estado ha decidido rematar 4,82
hectáreas de la Patagonia virgen sin un solo centímetro de planificación territorial previa.
Las islas se entregan al mejor postor completamente desprotegidas, desnudas de
regulaciones locales y a merced de los caprichos del capital privado. Lo verdaderamente
escandaloso no es solo el afán privatizador del patrimonio fiscal, sino el desprecio
institucional hacia quienes habitan y custodian la frontera.
El concejal de Timaukel, Facundo Hernández Chacón, nos comentó que se ha dejado al
descubierto las costuras de esta operación al denunciar que la Seremi de Bienes Nacionales
operó bajo un secretismo absoluto, omitiendo oficios, llamadas y cualquier atisbo de
consulta local. El reclamo del edil es inapelable: “las islas no tienen precio”. Que el nivel
central pretenda tasar y enajenar suelo patagónico saltándose la deliberación de la propia
comuna es un atropello a la dignidad regional. Intentar justificar este remate argumentando
que se busca “ordenar y activar” activos prescindibles es una falacia insostenible cuando
los terrenos en cuestión se encuentran en una zona limítrofe ultra estratégica, a menos de 30
kilómetros de Argentina. La ligereza de Bienes Nacionales resulta inverosímil si se analiza
el contexto vecinal.
Ofrecer porciones insulares de Tierra del Fuego mediante licitaciones exprés, justo tras los
recientes roces y reclamos territoriales con la administración argentina, demuestra una
desconexión alarmante con la seguridad y la soberanía nacional. Mientras la retórica
oficialista se llena la boca hablando de “hacer patria” en los confines del mapa, en la
práctica el territorio se desmiembra desde un escritorio en Santiago.
Al final, lo que el martillo de la subasta santiaguina está fracturando en el Lago Blanco no
es solo un par de coordenadas fiscales, sino el tejido mismo del tiempo y la memoria de la
Tierra del Fuego. Isla Arturo e Isla Sin Nombre no son activos en una planilla de Excel; son
fragmentos de un silencio milenario que sobrevivió a glaciaciones, a tempestades y al
olvido humano. Pretender que la soberanía de los confines se mide en pesos, y que el
destino de una frontera mística puede decidirse entre las cuatro paredes de una oficina

ministerial a miles de kilómetros, es el síntoma definitivo de una decadencia política que ya
no sabe distinguir el valor del precio.
El día en que esas tierras pasen a manos privadas, no habremos ganado desarrollo turístico;
habremos permitido que la burocracia central le arrebate a la Patagonia su último santuario
de misterio, dejando una cicatriz imborrable en el alma misma de la geografía nacional

Sergio Reyes Tapia.
Ex Seremi de Bienes Nacionales Región de Magallanes
Y de la Antártica Chilena.