EL REGRESO DEL LADRILLO

Este domingo se cumplió en Chile el primer mes del gobierno del presidente Kast. Un período breve
que ha quedado marcado por las controversiales medidas económicas adoptadas en el contexto de la
crisis del petróleo. La absoluta certeza y convicción con que ha defendido sus decisiones el ministro de
Hacienda, fundamentadas en el dogma neoliberal extremo, nos recuerda la convicción militante de los
Chicago Boys. Esos estudiantes de la UC que fueron Becados para post grado en la Universidad de
Chicago, y que volvieron maravillados por las ideas de Harberger y Friedman, las que pudieron imponer
sin discusión durante la dictadura. Pero no estamos hoy en un contexto donde las decisiones que
impactan a todos y a cada uno de nosotros, puedan adoptarse sin debate o sin derecho a reclamo.
En manos de una conducción política hasta hace poco pletórica de promesas y anuncios
grandilocuentes, la cruda realidad ha mostrado a los chilenos de a pie, la verdad de la milanesa. La única
sorpresa, es que no hay sorpresa, los problemas siguen siendo los mismos que antes, y las respuestas
son erráticas, escasas, cuando no contradictorias. El único con una fe inconmovible en las políticas que
pretende implementar es el ministro de Hacienda, sordo a las críticas ha seguido adelante con medidas
que parecen extraídas del “ladrillo”, la propuesta neoliberal presentada por los Chicago boys al dictador
Pinochet.
Como era previsible el mundo progresista se ha opuesto a las medidas económicas anunciadas,
como la no aplicación del mecanismo de estabilización de precios de los combustibles (MEPCO), para
atenuar el impacto de la guerra de Estados Unidos en Irán. La decisión de no atenuar el impacto del alza,
para lograr un alza gradual, tuvo efectos inmediatos. El IPC del mes de marzo llegó al 1%, se habla de una
variación superior al 1% en abril, con lo que la variación podría llegar incluso al 5% a fines de año,
echando por tierra la meta del Banco Central de 3%. No sólo el progresismo ha criticado la medida,
también economistas, ex presidentes del Banco Central y ex ministros de Hacienda, de distintos colores
políticos. En línea con esto, a las dueñas de casa y jefes de hogar de todo el país tampoco les gustó la
decisión, se esfumaron las altas tasas de aprobación con las que inició la primera semana de gobierno el
presidente Kast. Y eso que el impacto del alza del precio de los combustibles, aun no se extiende a todos
los sectores económicos. Costo de pasajes, fletes, el impacto en el mercado de alimentos y la canasta
básica, aún está por llegar. Y Winter is coming. El invierno con su mayor consumo de combustible está a
la vuelta de la esquina.
Pero no hay retroceso, fiel a su dogma extremo, el ministro de hacienda también introducirá en la
discusión parlamentaria un proyecto, que a muchos les ha hecho recordar la “ley ómnibus” del gobierno
de Milei, por la cantidad de materias distintas que se pretende aprobar en un solo paquete. Con el
gancho de algunas medidas que favorecen a las pymes y a las personas, se incluye de contrabando, la
rebaja de impuestos de primera categoría a las grandes empresas. Rebajar los impuestos es una medida
adoptada en otros estadios de desarrollo por las economías de la OCDE. En otras palabras, rebajar del
27% al 23% la tasa de impuesto, se podría hacer, pero contando con las debidas compensaciones a la
pérdida de recaudación. No resulta coherente con el machacado discurso de país en emergencia, el
rebajar impuestos a los más ricos, mientras se exige a la clase trabajadora y a la clase media, asumir los
costos de la crisis del petróleo porque no hay plata. Se llegó a decir que Chile es un país en quiebra, y fue
un ex ministro de Hacienda del presidente Piñera, quien puso las cosas en su sitio “La ignorancia es
insolente”, comentó. Porque ni el país está en quiebra, ni es cierto de que no hay plata en la caja fiscal.
Lo que hay es ideología pura y dura. Un esquema, una pauta a seguir a rajatabla.
Personeros ataviados con finos trajes y vistosas corbatas, pero con cero empatía. Ya empezaron las
frases del tipo “prefieran las micros”, dirigida a quienes reclamaban por el precio de la bencina. Justo en
la semana en que debutaron los paraderos de red Bus abarrotados de gente en Santiago. Personas

entrevistadas reportan aumentos en la frecuencia entre buses, que suman una hora o más a los
recorridos habituales. Coincidencia o no, el ministro de Transportes aportó también su cuota,
comentando que había “un exceso de buses” en Red Bus.
Siempre he sostenido que el mandato popular legitimado por una elección democrática debe
respetarse, y hay que dejar gobernar a los que ganaron. En eso no hay dos opiniones. Pero la
consecuencia democrática también obliga a ejercer el derecho a crítica contra las malas políticas. El error
de creer que se gobierna a una secta de fanáticos también lo cometió el gobierno anterior, en sus
primeros meses. Gobernar a fuerza de puro voluntarismo, con fe ciega de que las cosas van a resultar
sólo porque se fue electo y se cuenta con apoyo popular, es una fantasía, una ilusión, una trampa del
ego y la vanidad. Mientras antes se dé cuenta el actual gobierno, que la ciudadanía espera soluciones y
no que agraven sus dificultades cotidianas, antes va a poder obtener éxitos en la gestión política. Si
pareció buena idea rodearse al inicio del gobierno de un grupo de fanáticos convencidos, los hechos
demuestran que es mejor ir matizando. La economía es un área que refleja de inmediato el cambio en
las percepciones de los actores del mercado. En Chile ha habido ministros de hacienda y presidentes del
banco central, que maniobraron con maestría las periódicas crisis del sistema capitalista, una
característica común, eran dialogantes. Técnicos brillantes, pero con olfato político para captar el
impacto de las medidas en los hogares. También hemos tenidos antes, ministros tan seguros de su
posición de poder, que mandaban a la gente a comprar flores porque estaban baratas, cuando toda la
canasta de alimentos había subido su precio.
Tengo sólo buenos deseos y esperanzas para el futuro de Chile. Pero no hay que olvidar nuestra
historia reciente. Gobernar de espaldas a las grandes mayorías, que son las que producen y mueven al
país cada día, es pan para hoy y hambre para mañana. Si una medida redunda en perjuicio de muchos,
es deber de los gobernantes enmendar, no hay vergüenza ni demerito alguno en corregir errores,
cuando se hace por un bien mayor. El perseverar en las malas políticas cuando se anticipa que producirá
malestar social y rechazo, es un camino que ya recorrimos y sabemos dónde conduce.
Tan sólo un mes ha cumplido el gobierno conservador, con más interrogantes que respuestas,
esperamos que la arrogancia inicial, de la que pecó también la administración anterior, de paso a una
conducta más humilde y dialogante, que permita resolver los problemas concretos de la gente.
Ernesto Sepúlveda Tornero