Hay realidades que como sociedad preferimos no mirar. Una de ellas está detrás de los muros de nuestras cárceles, donde pareciera que una condena no solamente priva a una persona de su libertad, sino también de su dignidad, de su historia y hasta del derecho a imaginar una vida diferente.
Por eso quiero destacar la labor de Ecos de Libertad, organización presidida por Karen Barría, que ha decidido trabajar precisamente donde muchas veces abundan el abandono, el prejuicio y la indiferencia: junto a personas privadas de libertad y sus familias, defendiendo los derechos humanos y la posibilidad real de reinserción.
Quiero ser claro en algo que muchas veces se intenta confundir: defender la reinserción jamás será defender el delito. Quien comete un delito debe asumir sus responsabilidades ante la justicia y las víctimas merecen reconocimiento, protección y reparación. Pero ninguna sentencia debería transformarse en una condena perpetua impuesta por la sociedad después de haber cumplido aquella establecida por un tribunal.
No creo en una justicia que simplemente encierre personas, tire la llave y después se sorprenda cuando la exclusión vuelva convertida en reincidencia. Creo en una justicia capaz de sancionar, pero también de rehabilitar, educar, acompañar y entregar herramientas para comenzar nuevamente. Porque trabajar por la reinserción no significa ser débil frente al delito; significa comprender que una sociedad más segura también se construye evitando que quien recupera su libertad vuelva a encontrar exactamente las mismas puertas cerradas que tenía antes.
Existe además un principio que para mí es irrenunciable: los derechos humanos no son un premio por buena conducta. Son derechos precisamente porque pertenecen a cada ser humano. No desaparecen frente a una reja ni dependen de cuánto nos agrade o desagrade una persona. La dignidad humana no puede convertirse en un privilegio reservado solamente para quienes la sociedad considera merecedores de ella.
Ahí encuentro el enorme valor de Ecos de Libertad. Mientras resulta sencillo juzgar desde afuera, esta organización ha decidido entrar en una realidad incómoda, escucharla y trabajar con quienes demasiadas veces fueron reducidos simplemente a un número, un delito o un expediente. También significa mirar a sus familias, porque detrás de cada persona privada de libertad existen hijos, madres, padres y seres queridos que no deberían cargar con una condena que jamás recibieron.
Por eso admiro y valoro profundamente el trabajo que Karen Barría y Ecos de Libertad han decidido asumir. Creo en las segundas oportunidades, creo que una persona puede responsabilizarse por lo que hizo y al mismo tiempo tener derecho a reconstruir su vida, y creo que una sociedad verdaderamente justa no demuestra su fortaleza solamente castigando al culpable, sino también siendo capaz de recuperarlo.
Podremos discutir sobre penas, cárceles y seguridad, pero hay algo que jamás deberíamos permitirnos discutir: la condición humana de quien está detrás de los barrotes. La justicia no puede convertirse en venganza, ni el castigo en abandono. Una persona podrá estar privada de libertad durante el tiempo que determine la justicia, pero jamás debería estar privada de futuro. Porque detrás de cada muro sigue existiendo un ser humano y, por más altas que sean las rejas, la dignidad no se encarcela.
Sebastián Vera Dittmar
Productor de Un Rojo Amanecer

