El humo de los incendios forestales no respeta fronteras ni océanos: incluso la Antártica, ese vasto Continente Blanco que durante mucho tiempo se ha visto como un territorio prístino y aislado, recibe visitantes no deseados en forma de partículas finas conocidas como black carbon (carbono negro). Estas cenizas microscópicas, expulsadas por llamas en lugares tan lejanos como Australia, la Patagonia o incluso la Amazonía, viajan miles de kilómetros impulsadas por vientos de gran escala y terminan alojándose sobre nieve y hielo, alterando un ecosistema que muchos consideraban intocable.
Estudios recientes han documentado cómo este fenómeno acelera el derretimiento superficial y deja huellas químicas duraderas en el hielo antártico, convirtiendo al Continente Blanco en un silencioso receptor de la crisis climática global.
Para entender cómo se detectan estas partículas y qué efectos tienen en la península Antártica, conversamos con Juliana Mejía, estudiante de Doctorado de la Universidad de Arizona que trabaja en el proyecto Transportable Antarctic Research Platform (TARP) de la Universidad de Santiago, liderado por el climatólogo Raúl Cordero.
En esta campaña, la investigadora centra su trabajo en el mantenimiento, la calibración y otras tareas técnicas asociadas al funcionamiento de la estación, como parte de la LXII Expedición Científica Antártica (ECA 62) del Instituto Antártico Chileno (INACH).
Una cápsula antártica para seguir el rastro del humo
En el corazón de esta vigilancia remota opera el TARP, una estación de monitoreo instalada por la USACH en las cercanías de la base Profesor Julio Escudero del INACH. “El TARP cuenta con seis radiómetros, dos espectrorradiómetros, dos fotómetros, un lidar, una cámara de nubes y una estación meteorológica”, explica la investigadora colombiana Juliana Mejía.
En conjunto, estos instrumentos permiten estudiar el impacto de las nubes y los aerosoles en la radiación superficial y registrar cambios en la composición de la atmósfera sobre la península Antártica, lo que a su vez ayuda a inferir la llegada de partículas procedentes de incendios forestales o de polvo desértico.
“En cuanto a los desafíos logísticos, se encuentra el transporte del personal, equipos y herramientas hasta la isla Rey Jorge, ya que las condiciones climáticas tienden a ser muy adversas”, comenta Mejía. Este desplazamiento se realiza por vía aérea o marítima y depende principalmente del estado del paso Drake, considerado uno de los más hostiles del mundo por su intenso oleaje y fuertes vientos. A esto se suma que esta zona es una de las regiones más nubladas del planeta, lo que complejiza la medición de contaminantes atmosféricos y obliga a aprovechar al máximo cada ventana de buen tiempo.
¿Cómo viajan las cenizas hasta la Antártica?
Aunque parezca increíble, las cenizas de incendios forestales pueden recorrer miles de kilómetros hasta alcanzar la Antártica. “Cuando hay una temporada de incendios muy activa, desde Australia estas partículas pueden llegar hasta la península Antártica, viajando por toda la región circumpolar”, explica la científica. En los periodos en que las circulaciones atmosféricas circumpolares se debilitan, también se han registrado intrusiones de polvo desértico y de humo de otros focos que logran llegar hasta esta región polar.
“Debido a las altas temperaturas que alcanzan los incendios, se desencadena un proceso llamado piroconvección, en donde básicamente las emisiones de los incendios generan nubes, las cuales son capaces de ascender en la atmósfera”, detalla Mejía. Luego, guiadas por patrones de circulación a gran escala, estas plumas contaminadas pueden ser transportadas hasta la región antártica, atravesando el océano Austral en cuestión de días.
“El tiempo de viaje de estas partículas en la atmósfera puede variar entre un par de días desde la Patagonia hasta aproximadamente catorce días desde Australia”, añade la investigadora. Para determinar estos tiempos, el equipo recurre al análisis de retrotrayectorias, herramientas que permiten reconstruir el camino que ha seguido una masa de aire en la atmósfera hasta el punto de medición, en este caso, la península Antártica.
Cuando el carbono negro se posa sobre la nieve
Una vez que estas partículas alcanzan la región, el siguiente paso es su deposición sobre la superficie. Debido a procesos de deposición húmeda (mediante precipitación) y seca (por gravedad), las partículas pueden llegar a la nieve, al hielo y al suelo. “Se ha encontrado, en el caso de grandes incendios, la huella química del humo en testigos de hielo en la península Antártica”, explica Mejía, lo que confirma que el humo ha viajado miles de kilómetros antes de quedar atrapado en el hielo.
Entre esos residuos se encuentra el carbono negro, uno de los componentes más relevantes por su impacto en el clima. “La deposición de partículas como lo es el black carbon contribuye al deshielo en la región debido a sus características radiativas, en donde al interactuar con la radiación solar, su efecto es el de calentamiento”, señala. Al oscurecer la nieve y el hielo, estas partículas reducen la reflectividad de la superficie (albedo) y favorecen que se absorba más energía solar, acelerando el derretimiento y alterando procesos físicos y biológicos, como la actividad de comunidades microbianas en suelos antárticos.
Redes globales para seguir la huella del carbono negro
“Con el incremento en la frecuencia y amplitud de los incendios, se espera que sea más frecuente la llegada de estas partículas hasta la península Antártica”, advierte Mejía. Además, con un clima más cálido, es esperable que ciertas circulaciones atmosféricas se debiliten, lo que facilita la intrusión de aerosoles provenientes de incendios hasta el continente.
Para enfrentar este desafío, la vigilancia no se limita a la cápsula TARP. “Las mediciones de aerosoles son producto de un trabajo conjunto que se realiza con instituciones como la Universidad de Santiago en Chile (USACH), la NASA o la Universidad de Arizona”, destaca la investigadora. Esta colaboración internacional permite complementar las observaciones en terreno con datos satelitales y modelos de transporte atmosférico, mejorando la capacidad de rastrear el origen de las partículas y anticipar nuevos episodios de intrusión de humo en la región antártica.
En este escenario, la Antártica se consolida como un termómetro del impacto global de los incendios forestales y del cambio climático. El trabajo de plataformas como el TARP y de personas dedicadas a la investigación antártica como Juliana Mejía, no solo ayuda a entender cómo llegan estas cenizas al Continente Blanco, sino también a dimensionar la urgencia de reducir las emisiones en origen para proteger uno de los ecosistemas más sensibles del planeta.

