El hombre del mural que recorrió durante 45 años los caminos de Magallanes 

A lo largo de sus cuarenta y cinco años de servicio, vio pasar a once directores regionales en trece períodos y a dos jefaturas de Finanzas, mientras recorría miles de kilómetros por los caminos de Magallanes. Sin embargo, hay dos datos que José Díaz recuerda con especial orgullo: no registra ninguna ausencia ni ningún atraso. 

“Siempre llegaba antes. Una hora antes de la entrada ya estaba”, precisa. 

A fines de agosto marcó por última vez su salida como funcionario de INDAP Magallanes y cerró una historia que comenzó en 1980, cuando ingresó a honorarios para pasar a contrata un año más tarde y, al cabo de aproximadamente tres años, llegar a la planta. Desde entonces hizo un poco de todo como conductor, estafeta, apoyo de distintas unidades y compañero de ruta de varias generaciones de funcionarios, recorriendo los caminos para entregar documentos y avisos de vencimiento a los agricultores de Punta Arenas, Puerto Natales y Porvenir. 

“Conozco todos los sectores donde están los agricultores”, cuenta. 

Entre quienes le enseñaron durante sus primeros años recuerda especialmente a Vladimir Zúñiga. 

“Vladimir me enseñó harto a mí”, dice. 

Por la Dirección Regional vio pasar a Carlos Íñiguez Díaz, Cristián Marchant Jansana, Arsenio Fernández Calatayud, Patricio Araya Vargas, Walter Ojeda Aguilar, José Guzmán Vega, Víctor Vargas Vidal, Jorge Urrutia Moldes, Jaime Baeza Gil, nuevamente Víctor Vargas, Petar Bradasic Álvarez, Gabriel Zegers Müller y otra vez Petar Bradasic. En Finanzas trabajó con Vicente Rivera Lucero y Margarita Buccelloni. 

Los nombres y los cargos fueron cambiando. José siguió ahí. 

Las cosas que ocurrían por arte de magia 

En toda institución existen trabajos que aparecen en informes, balances y estadísticas. Otros casi nunca quedan registrados. 

Un vehículo listo para salir a terreno. Un documento que debía llegar a destino. Alguien que necesitaba un traslado. Una mano disponible en el momento preciso. 

Eran cosas que parecían ocurrir por arte de magia y que ahora, tras su partida, comienzan a extrañarse. Durante décadas, José fue parte de esa pequeña magia cotidiana que permite que una institución funcione, aunque pocas veces figure en los discursos. 

“Cuando necesitaban algo, si yo podía, ahí estaba yo”, asegura. 

Cuando hace memoria, habla menos de autoridades que de compañeros. 

“Tuve hartos amigos acá, hartos. Nunca tuve problemas con nadie”, repite. 

Entre ellos recuerda especialmente a Víctor Valenzuela, histórico funcionario de Porvenir. Se conocieron prácticamente al comienzo de sus trayectorias y compartieron trabajo, viajes y las recordadas olimpiadas de INDAP. 

“Éramos más que amigos. Éramos como hermanos”, dice. 

El terremoto blanco 

Entre tantos caminos recorridos existe un viaje que José no puede olvidar. Ocurrió durante el dramático terremoto blanco de 1995. 

Viajaba hacia Puerto Natales junto a Mario Armijo para apoyar a los agricultores de la zona. Cerca del kilómetro 130, la nieve lo cubría todo. La camioneta perdió el rumbo, atravesó un alambrado y terminó volcada con las cuatro ruedas hacia arriba. 

“Gracias a Dios no pasó nada”, recuerda. 

Cuando se conoció el accidente, una funcionaria preguntó muy preocupada por unas sillas que transportaban. 

“Afortunadamente no les pasó nada”, responde José entre risas, recordando la anécdota. 

Su trabajo como conductor también lo llevó a participar en numerosas comitivas oficiales, incluidas visitas de presidentes de la República y delegaciones extranjeras, entre ellas la de un mandatario de Croacia. Sin embargo, la mayor parte de sus 45 años transcurrió lejos de los protocolos, recorriendo las rutas que conducían hasta los lugares donde lo esperaban los agricultores. 

El rostro que permanece 

Aunque dejó INDAP, la imagen de José seguirá presente en Punta Arenas. Su rostro forma parte del conocido mural de la costanera, convertido en una de las postales que diariamente fotografían visitantes de distintas partes del mundo. 

Entre tantos recuerdos, sin embargo, hay algunos sobre los cuales prefiere guardar silencio. 

—¿Es cierto que eras un galán? 

José sonríe. 

—No hay memoria —responde, como todo un caballero. 

Ahora quiere pasar más tiempo con su hija, visitar a su sobrino en Río Gallegos y asumir una tarea que lo entusiasma especialmente: llevar y buscar a su nieta al colegio. También espera realizar algunos trabajos particulares, cortar pasto y atender a los clientes que suelen llamarlo durante el verano. 

“Voy a ir viendo de a poco qué hago”, comenta. 

Se marcha tranquilo y sin cuentas pendientes. 

“Agradezco a todos los colegas de INDAP. Me voy bien. Nunca tuve problemas con nadie y, cuando necesitaban algo, si yo podía, ahí estaba yo”. 

Esa frase probablemente resume mejor que cualquier reconocimiento sus 45 años de servicio. 

José Díaz no ocupó grandes cargos ni buscó aparecer en los discursos. Su trabajo transcurrió en un lugar menos visible, pero mucho más difícil de reemplazar. Conocía los caminos, cumplía su palabra y estaba disponible cada vez que alguien lo necesitaba. 

Ahora comienza una etapa distinta. Después de una vida trasladando funcionarios, documentos y respuestas hasta los rincones más apartados de Magallanes, asumirá una nueva ruta cotidiana. Será el encargado de llevar y buscar a su nieta al colegio. 

Cambiarán los caminos, los horarios y la pasajera. Lo que difícilmente cambiará será su costumbre de llegar una hora antes.