El descaro de celebrar la precarización laboral en Magallanes

El sábado recién pasado, el Seremi del Trabajo de la Región de Magallanes sacaba cuentas
alegres en una entrevista, y que hacía mención del nivel de cesantía regional. En medio de
una crisis nacional donde el desempleo araña los dos dígitos y la prensa nacional titula con
justa alarma que la cesantía en Chile alcanzó su nivel más alto en cinco años, la autoridad
regional prefirió aplaudir el “exitoso” 5,9% de desocupación local del trimestre mayo-julio
de 2026.
Sin embargo, celebrar este porcentaje no es solo un acto de miopía política; es un descaro
frente a las familias que hoy sostienen la economía regional a costa de su propia
desprotección.
Las cifras frías del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) no mienten, pero hay que saber
leerlas completa, no solo la fila que conviene al Gobierno. El desempleo en Magallanes no
bajó porque la economía esté pujante; bajó porque los magallánicos, ante la falta de
oportunidades formales, se vieron obligados a refugiarse masivamente en la informalidad
para no caer en la indigencia.
El empleo formal con contrato y derechos laborales en la región está completamente
congelado: los asalariados del sector privado apenas variaron un miserable 0,4% interanual.
Entonces, ¿de dónde salen los supuestos nuevos puestos de trabajo que celebra el seremi?
El mismo boletín del INE entrega la incómoda respuesta: los trabajadores por cuenta propia
se dispararon un impresionante 32,6%. No estamos hablando de nuevos contratos de
calidad en industrias sólidas, sino de vecinos y vecinas que tuvieron que inventarse un
sustento diario —comercio ambulante, servicios informales, delivery o venta de comida sin
resolución sanitaria— porque los motores tradicionales del empleo formal privado, como la
construcción y el comercio establecido, registran números rojos y destrucción de plazas de
trabajo. Pero lo más grave de este análisis, y lo que el Seremi convenientemente omite en
su entrevista, es la profunda violencia económica de género que esconden estos datos.
Mientras la desocupación masculina se sitúa en un cómodo 4,5%, el desempleo femenino
se empina en un 7,7%. Peor aún: el INE revela que la ocupación informal en Magallanes
creció un 9,7% total en un año, pero al desagregar este dato el impacto es brutal: la
informalidad laboral en los hombres subió un 4,4%, mientras que en las mujeres se disparó
un escandaloso 15,0%.
¿De qué éxito nos habla la autoridad? Las mujeres de Magallanes están ingresando al
mercado laboral a la fuerza, pero lo hacen en condiciones de total vulnerabilidad: sin
previsión, sin salud, sin derecho a sala cuna, transando su estabilidad a cambio de un
ingreso de subsistencia. Eso no es reactivación; es la precarización de los hogares
magallánicos liderados por mujeres.
El mercado laboral de Magallanes no es una “isla inmune” a la crisis país. Padece
exactamente la misma enfermedad que el resto de Chile, solo que aquí los síntomas se
camuflan bajo el disfraz del empleo por cuenta propia.

Señor Seremi, y autoridades regionales del gobierno de Kast, la dignidad de los
trabajadores de la región no se mide en un porcentaje de una sola cifra para colgarse
medallas a través de la prensa. Se mide en empleos estables, salarios dignos y protección
social. Dejen de celebrar un espejismo que en la calle se vive como precariedad.
Sergio Reyes Tapia.
Periodista.