Existe un mito profundamente arraigado en la diplomacia: la premisa de que los países que
comparten una misma matriz ideológica están destinados a convivir en paz. Sin embargo, la
historia y la geopolítica contemporánea demuestran lo contrario: la afinidad ideológica
exacerba el conflicto en lugar de mitigarlo.
Lejos de ser un escudo, el parecido político transforma las fronteras comunes en auténticos
barriles de pólvora, donde ambos actores conocen a la perfección las debilidades y la
retórica del otro. Estamos ante la “paradoja del espejo”, un fenómeno donde la identidad
compartida no genera fraternidad, sino una competencia existencial y feroz por el poder
regional. Un ejemplo de esta dinámica en su faceta de derecha radical fue la Guerra del
Fútbol en 1969 entre El Salvador y Honduras. Ambos regímenes eran dictatoriales,
estrictamente militares y ferozmente anticomunistas; compartían el mismo ADN político y
los mismos enemigos globales. Sin embargo, al enfrentar severas crisis económicas y
presiones sociales internas, ambos gobiernos recurrieron de forma simultánea exactamente
al mismo libreto defensivo: culpar al vecino para unificar a su propia población bajo el
manto del chovinismo. Cuando dos países vecinos deciden utilizar la misma estrategia de
hostilidad externa para sobrevivir internamente, la colisión armada se vuelve
matemáticamente inevitable.
Esta misma mecánica tuvo su época más oscura en el Cono Sur bajo la Operación Cóndor,
cuando las dictaduras militares de Augusto Pinochet en Chile y Jorge Rafael Videla en
Argentina cooperaban en la represión interna mientras, paradójicamente, se apuntaban con
cañones en las fronteras, quedando en 1978 a escasas horas de una guerra total por el Canal
Beagle. Al hablar el mismo “idioma castrense”, los mandos de ambos lados decodificaban
las señales del adversario con una paranoia absoluta: ningún dictador podía permitirse ceder
ante su par sin parecer débil ante sus propios cuadros internos.
Hoy, el Cono Sur asiste a la consolidación de un nuevo eje de ultraderecha radical liderado
por Javier Milei en Argentina y José Antonio Kast en Chile. Ambos mandatarios siguen un
libreto político idéntico, enfocado en un profundo nacionalismo y en la reconstrucción del
orden a través de la fuerza. El gobierno de Kast ha empujado polémicas reformas de
seguridad que expanden las facultades del Ejecutivo y buscan dar nuevas potestades de
excepción y control público. En paralelo, Milei implementa su plan de adecuación militar
mediante fondos estratégicos. Ambos países, alineados estrechamente bajo la tutela
geopolítica de Estados Unidos, avanzan en la compra de armamento de última generación
—como los cazas F-16 adquiridos por Buenos Aires— y en proyectos estratégicos como la
base naval en Ushuaia impulsada junto al Comando Sur.
La ironía de esta «hermandad ideológica» es que la retórica del rearme y la soberanía
implacable siempre termina apuntando al vecino. El reciente incidente donde mandos
militares argentinos atribuyeron soberanía sobre el Estrecho de Magallanes demuestra que,
cuando el nacionalismo militarizado es el motor interno de dos gobiernos fronterizos, la
fricción es inevitable.
Bajo estos gobiernos con tintes autoritarios, Chile y Argentina no pueden caer en la trampa
de destruir a su propio reflejo. Es en este preciso escenario donde se inserta la inminente
visita oficial del Presidente Kast a la Región de Magallanes. Lejos de ser un viaje rutinario,
esta gira responde a una fría estrategia de control de daños y reafirmación discursiva. Al
desplegarse físicamente en la zona austral, Kast busca neutralizar las presiones de su propia
base de apoyo ultranacionalista que exige una postura más severa ante los ruidos
fronterizos del país vecino. Además, el mandatario utiliza este hito geográfico como la
justificación perfecta para sus reformas legislativas, y la compra de equipamiento para las
Fuerzas Armadas, argumentando que la paz solo se garantiza mediante la disuasión
material en las zonas geopolíticamente más sensibles.
Al analizar este bucle de tensiones, es imposible no evocar lo que Mircea Eliade
denominaba el mito del eterno retorno, o la tendencia humana a repetir de forma cíclica los
mismos dramas arquetípicos bajo la ilusión de la novedad. En términos de Carl Jung, estos
nacionalismos gemelos operan bajo el mecanismo de la proyección de la Sombra: al no
poder procesar sus propias contradicciones e inseguridades internas, los regímenes buscan
un reflejo externo —un doble idéntico— en quien depositar sus amenazas.
La historia, en su dimensión más simbólica, nos advierte que el mito de los hermanos
enemigos (desde Rómulo y Remo, Caín y Abel, hasta los conflictos fratricidas de la
antigüedad) siempre termina en tragedia cuando ambos reclaman el derecho exclusivo
sobre la misma “tierra sagrada”.
La verdadera madurez política de una región no radica en alimentar este ciclo inconsciente
de espejos y sombras, sino en despertar del mito para refugiarse en la fría, pero segura,
racionalidad de los tratados internacionales. Es la única forma de evitar que el eterno
retorno de la historia nos arrastre, una vez más, hacia el abismo de la pólvora.
Sergio Reyes Tapia.
Periodista.

