UNA CIUDADANÍA CANSADA DE LOS EXTREMOS.

La política chilena está atrapada en una disputa estéril entre los extremos de la
derecha y de la izquierda. Mientras unos buscan imponer sus certezas y otros
responden desde la trinchera opuesta, una amplia mayoría de ciudadanos ve cómo
sus problemas reales, seguridad, crecimiento, empleo, salud, pensiones y calidad de
vida, quedan injustificadamente relegados a un segundo plano.
Esa lógica de confrontación permanente no representa a millones de chilenos que
rechazan las consignas vacías, las descalificaciones y la política convertida en
espectáculo. El país necesita una conducción seria, capaz de escuchar, dialogar y
tomar decisiones responsables. Sin embargo, desde hace más de una década Chile
ha quedado sometido a una dinámica pendular: cada cuatro años se avanza en una
dirección para luego girar casi por completo hacia la contraria. El resultado está a la
vista: políticas públicas que no se consolidan, incertidumbre, bajo crecimiento y una
proyección de futuro cada vez menos auspiciosa. Ese vaivén obliga a comenzar una
y otra vez desde cero: se eliminan proyectos, se descartan avances y se inaugura
un nuevo rumbo antes de evaluar resultados. Este vicio político debilita la
continuidad del Estado y posterga soluciones urgentes. Quien llega al poder suele
hacerlo con un respaldo contundente, nacido del desencanto ciudadano; pero, al
poco tiempo, esa misma ciudadanía comprueba que las promesas de campaña están
lejos de responder a lo que el país realmente necesita, y abandona el apoyo, como
ha quedado demostrado hoy, si no se corrige esta derivada, el ciclo volverá a
repetirse, demostrando que el respaldo variable obedece a la gran mayoría de
ciudadanos que no se identifican ni con la ultraderecha, ni con la ultraizquierda.
Chile ya demostró, desde 1980 y hasta hace poco más de una década, que puede
avanzar cuando existe sentido de Estado, diálogo político y acuerdos transversales.
Los progresos alcanzados en esos períodos fueron posibles porque se entendió algo
elemental: gobernar exige construir mayorías, reconocer la legitimidad del otro y
poner el interés nacional por sobre la identidad ideológica.
Hoy, sin embargo, esa disposición ha sido erosionada por el fanatismo, la
prepotencia y el sectarismo de los extremos. La política se ha llenado de voces que
prefieren vencer antes que convencer, imponer antes que acordar, descalificar y
sentenciar antes que escuchar. Se ha instalado la idea equivocada de que la
agresividad da dividendos y que mientras más violento sea el tono, mejores serán
los resultados. Pero esa ganancia es efímera, la experiencia demuestra que los

campeones del enfrentamiento no aportan estabilidad, progreso ni una mejor calidad
de vida para los ciudadanos. Chile no pertenece a una facción ni a una élite
ideológica. Es una nación diversa, donde nadie sobra y donde las diferencias deben
procesarse democráticamente. Una y otra vez se ha demostrado que nuestro país
es mayoritariamente moderado y que valora el encuentro, el diálogo y los acuerdos.
También es necesario decirlo con claridad: parte del deterioro actual responde al
descuido imperdonable de quienes se identifican con posiciones moderadas. No
basta con declararse dialogante si esa moderación termina convertida en
ambigüedad, silencio o comodidad frente a los problemas reales de la ciudadanía.
Recuperar la confianza exige claridad, coherencia y respuestas concretas. La
democracia no consiste en anular al adversario, sino en reconocer su legitimidad y
construir acuerdos cuando el interés del país lo exige. Los grandes problemas
nacionales no se resolverán desde trincheras ideológicas ni desde una supuesta
superioridad moral. Se requieren liderazgo, responsabilidad y voluntad de encuentro.
Ese camino solo será posible si los sectores moderados abandonan la pasividad y
asumen un rol activo, con convicción, coraje y sin temor a defender acuerdos
responsables.
Quienes han hecho de la agresividad y la confrontación permanente su forma de
actuar podrán obtener notoriedad momentánea, pero no ofrecerán estabilidad,
progreso, ni futuro. Chile necesita recuperar la política en su sentido más noble y
exigente: reunir voluntades distintas para enfrentar problemas comunes. El país
necesita diálogo, respeto y acuerdos responsables para avanzar, pero también
necesita firmeza para rechazar a quienes convierten la división en estrategia
permanente.
Chile se construye entre todos, con responsabilidad y coraje, no desde las trincheras.

Miguel Sierpe Gallardo
Columnista