Un estudio realizado por el Laboratorio de Ecología Funcional de la Universidad de Magallanes (UMAG), y el Centro Austral de Investigaciones Científicas del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (CADIC-CONICET), acaba de ser publicado en Oikos, una de las revistas más prestigiosas en ecología y medio ambiente.
Este trabajo, titulado “Marine Trophic Architecture and Hidden Ecological Connections in the Strait of Magellan: Keystone Species and Ecosystem Resilience”, ha revelado los secretos de la «arquitectura» marina del Estrecho de Magallanes, un pasaje estratégico que conecta los océanos Pacífico y Atlántico. A través de un análisis de redes alimentarias —una especie de mapa detallado que muestra «quién se come a quién»— los científicos han identificado a los verdaderos pilares que sostienen la vida en estas aguas subantárticas.
Para entender la salud del Estrecho, el equipo liderado por la Dra. Claudia Andrade Díaz, y formado por Taryn Sepúlveda, Cristóbal Rivera, Cristian Aldea y Tomás I. Marina, analizó 438 interacciones entre 139 especies, desde diminutos organismos hasta grandes ballenas. El estudio describe que el sistema funciona como un «patrón de mundo pequeño», lo que significa que, al igual que en las redes sociales humanas, las especies están separadas por muy pocas interacciones.
Si bien esto permite que la energía fluya, también merece atención: «sugiere que las perturbaciones locales podrían propagarse rápidamente» a través de todo el ecosistema. En términos simples, si en un rincón del Estrecho, algo afecta a una especie ampliamente conectada, o a alguna de las especies determinadas clave en esta red alimentaria, el impacto podría sentirse en todo el sistema, mucho más rápido de lo esperado.
Una red compleja y delicada
Aunque solemos pensar en los grandes depredadores como los más importantes, la investigación destaca a especies menos «carismáticas» pero fundamentales. Según el Índice de Especies Clave (KSI, por sus siglas en inglés), los poliquetos (gusanos marinos), la sardina fueguina (Sprattus fuegensis) y el róbalo patagónico (Eleginops maclovinus) «actúan como conductos centrales para el flujo de materia y energía».
Estas especies funcionan como puentes que conectan la producción de energía del fondo marino (bentos) con la de las aguas abiertas (pelágica). El róbalo patagónico, por ejemplo, es descrito como un «conector de módulos», una especie de nodo central que mantiene la coherencia de toda la red. Su desaparición no sólo afectaría a la pesca artesanal, sino que podría causar una «cascada trófica», es decir, un efecto dominó donde todo el equilibrio se rompe porque falta un eslabón clave.
El estudio advierte sobre las múltiples amenazas que enfrenta esta ruta marítima de manera simultánea, poniendo en riesgo un sistema cuya «arquitectura de red trófica» (trófica: conjunto de cadenas alimentarias interconectadas en un ecosistema) ha emergido y se ha estructurado bajo condiciones de alta variabilidad ambiental.
Amenazas en el horizonte
Una de las mencionadas habla de la pesca no regulada. Si bien existen pesquerías artesanales esenciales, subraya que muchas «carecen de una gestión formal o de salvaguardias reglamentarias», lo que aumenta el riesgo de sobreexplotación. El peligro no es sólo la disminución de biomasa, sino el impacto en especies que actúan como «conectores» del sistema, tales como el Róbalo patagónico -cuya población ha declinado- y la Sardina fueguina, acerca de la cual existe una preocupante «falta de datos actuales sobre sus tendencias poblacionales», lo que impide una gestión segura.
Otra amenaza que aparece en el artículo es la expansión de la acuicultura, que ha provocado escapes de especies no nativas, como el salmón del Atlántico y las truchas del género Oncorhynchus. Dado que ocupan posiciones altas en la cadena alimentaria, estos invasores podrían ejercer control sobre las presas nativas, además de alterar las redes tróficas mediante la competencia por alimento, y el desplazamiento de hábitat de especies locales como el róbalo y el pez roca.
El estudio también destaca la significativa acumulación de desechos en la costa, confirmada por la detección de microplásticos en especies clave, como lapas, centollas y róbalos. Esto provoca un efecto dominó, pues los contaminantes ingeridos por estos organismos se propagan a través de la red, «disminuyendo la calidad nutricional de las presas» y transfiriendo tóxicos a los grandes depredadores, lo que aumenta la probabilidad de «extinciones secundarias».
Igualmente, el equipo científico aludió al desarrollo de la industria del hidrógeno y del amoniaco en la región de Magallanes. Más allá de la oportunidad económica que representa, el artículo afirma que presenta un riesgo físico emergente: las descargas de salmuera de las plantas desalinizadoras. El cambio en la salinidad afecta, directamente, a especies fisiológicamente sensibles, y en un sistema donde todo está muy conectado, el impacto indirecto podría inducir alteraciones negativas en la red.
Por último, el calentamiento global, la acidificación y el agotamiento del oxígeno son presiones sistémicas que afectan, especialmente, a los poliquetos (gusanos marinos), que representan hasta el 60% de la biomasa del fondo marino. Por vulnerabilidad térmica, las alteraciones en la temperatura y el sedimento pueden perjudicar su eficiencia alimentaria y supervivencia. Y por fragilidad estructural, la baja conectividad del Estrecho podría llevar al sistema a un «punto de inflexión», donde el aumento simultáneo de temperatura e invasiones supere la capacidad de la red para absorber daños, provocando un colapso.
La conclusión de las y los científicos es clara: El Estrecho funciona como una red de pesca hecha de unos pocos hilos críticos: mientras esas conexiones clave se mantengan, el sistema conserva su funcionamiento. Sin embargo, la pérdida de esos hilos (especies centrales) puede comprometer la integridad de toda la red y su capacidad de sostener la vida. Por ello, la Dra. Andrade afirma que “se deben equilibrar los esfuerzos de conservación entre especies simpáticas, y aquéllas que pasan inadvertidas, pero que tienen un rol ecosistémico primordial. La gestión ambiental debe basarse en la resiliencia del ecosistema, es decir, su capacidad para recuperarse tras un daño”.

